Aprender a viajar con una sola mochila a los cincuenta
El primer día dolían los hombros de costumbre vieja, pero a la tercera estación la ligereza se volvió adictiva. Descubrí que dos camisetas de lana fina valen por cinco, que un cuaderno pesa menos que la ansiedad de olvidarlo todo y que una riñonera bien pensada mantiene billetes, móvil y gafas a mano. Con menos objetos, apareció más curiosidad. Y el tren, con su vaivén, pareció agradecer mi decisión, regalándome siestas perfectas entre bosques.